sábado, julio 15, 2017

Cotidianidades (II)

A riesgo de sonar repetitivo, a mi también me hace llorar la cebolla. Algo debe estar mal con la maldita. Tal vez abusaban de ella cuando era un pequeño retoño, o tal vez sea una suerte de crueldad interna, algo innato que la lleva a actuar así.

Hace unos años cuando comencé a vivir sólo pegaba a veces, en la noche, mi oído a la nevera. Cuando el motor dejaba de sonar se escuchaban dentro los murmullos. Escuchaba sus gritos sofocados y luego los llantos también ahogados de otros vegetales. Lloraban los tomates y la lechuga. Se que era todo culpa de ella, de la cebolla, a pesar de que la puerta estaba cerrada. Al abrir el cajón de las verduras todas tenían su olor. A veces se expandía a otros cajones. Una vez incluso el agua llegó a tener aquella presencia invisible a los ojos pero completamente innegable. Porque ella, lo sé, se había pasado molestando a todas con esa infinita crueldad, esa malicia obvia que se interna capa tras capa, cada vez más profunda, más adentro, contenida a la espera de salir.

Hoy en día la guardo siempre separada. Uso un recipiente aparte, de aquellos de cerrado hermético que no permiten que se abra desde adentro. Cuando la saco suelo partirla casi con la misma sevicia que ella ha demostrado con los otros. Es creo la única tortura que he realizado en la vida. Cortarla en cuadritos pequeños, casi diminutos, imperceptibles a la boca. Pero ella insiste y ejecuta su venganza.

Porque sabe que mientras más veces la corte, con más fuerza me hará llorar. Porque sabe, que cuando empiezo se me vienen de golpe otras tristezas. Y entonces nunca paro de llorar.

martes, julio 11, 2017

Cotidianidades (I)

Hay un momento del día en el que los que vivimos en alguna gran ciudad podemos observar en un instante todas las emociones del ser humano, pero sobretodo sus desilusiones. Es un momento breve, ya lo dije, que suele durar 10, 15 o a lo sumo 30 segundos. Varía según la ciudad y la hora. No hablo del noticiero, ese reino del miedo y la maldad humana. Hablo de aquellos segundos en los cuales se abre, en una estación cualquiera, la puerta del metro.

Hay quienes no ven nada, sentados mirando la pantalla de su celular como si fuera aquella una ventana propia a un mundo ajeno. Los que aún abren los ojos suelen compartir miradas y ver rostros que de otra manera jamás verían.

Hay caras que siempre se repiten, por ejemplo la de la decepción. Hoy la vi en una mujer que observaba el metro con esperanza, pero al ver la puerta abrirse descubrió que no tenía forma de ingresar. Decepción chiquita, dirán algunos, pero quien sabe que historia tendría ella que abordar. No hay decepción peor que la de llegar tarde a la historia propia.

También está siempre el rostro del desconsuelo. A veces se ve en quienes ya llevan 3 o 4 vagones en los que no pudieron entrar. Tantas decepciones juntas que llegan a ese rostro. Pero hay otros casos, esos son los peores, en los que el desconsuelo llega por acumulación de desgracias, porque antes, al despertar, alguna tragedia se posó sobre los hombros. Es entonces cuando un simple metro, se vuelve la comprobación de que la vida no pasa por buen momento. A veces basta un metro para entender todas las desgracias propias.

Hay algunas personas que piensan que fueron elegidas como guardianas de alguna suerte de comodidad invisible. Son los que se hacen en la puerta y no permiten que nadie ingrese. Suelen mirar con cara de malos perros, de malas pulgas, de pocos amigos. Esos en realidad son los peores. Son malas personas. Todos aquellos que los conocen dan fe de eso en la intimidad del secreto.

También suele estar allí, benditas sean, mujeres que tienen una suerte de complicidad en la mirada. Son aquellas que ves desde lejos, qué te miran a los ojos, que te sonríen con aquella sonrisa secreta en la cual sobran las palabras. Ésas son aquellas que nunca dicen nada pues su sonrisa ya lo dice todo.

No puedo evitarlo, yo siempre me enamoro de esas.

Quizás por eso a veces en el metro me siento triste sin motivo, porque sé por dentro, en lo más profundo, que cada viaje es la promesa de un amor que nunca fue.

jueves, julio 06, 2017

Una pensión de mala muerte

Lo mío es un problema de ruido. Leí por Internet que se trata de un trastorno de personalidad múltiple con modificaciones asintomáticas, lo que viene a traducirse en palabras simples en que soy un bicho raro. Porque eso de las personalidades múltiples funciona de manera más o menos ordenada. Un día se es una viejita amable y muy decente, al otro un asesino en serie. Además, y eso es maravilloso, normalmente no se conocen. Si lo hicieran la viejita regañaría al asesino y le prohibiría hacer esas cosas con puritica voz de madre. Pero no, no se conocen. No saben lo que el otro hace porque suelen ser así, ordenados y juiciosos. Primero aparece el uno, va y hace lo suyo y luego llega el otro. 

Y lo mío no es eso, claro que no. A mi se me aparecen todas al mismo tiempo. La maldita vieja y el asesino en serie, el anarquista que sólo quiere ver el mundo arder y el joven responsable que sólo quiere salir adelante con un buen trabajo. Y se pelean, claro. Porque todos saben lo que está haciendo el otro. Se crean pequeñas guerras barriales, como si fueran pandillas de película de bajo presupuesto. Hay un escritor bohemio, que sueña con publicar un libro de poemas y se la pasa escribiendo cuentos de dudosa calidad. El muy idealista no sabe de negocios, de editoriales, de canales de distribución. El yupi que se cree gerente y que dice saber de eso podría ayudarle si quisiera. Pero ese par se odian a muerte. Creo fueron ellos dos los que comenzaron la guerra interina, pero ya no me acuerdo. Esa parte de mi memoria la tiene en comodato un viejito bonachón que hoy sufre de alzheimer y aunque era muy respetado ya nadie le consulta nada. El joven responsable no sabe tomar partido. Quiere ser como el yupi ese, exitoso, con buen cargo, respetado, pero también admira secretamente al bohemio artista, aunque está convencido que va a caerse muerto de hambre el día menos pensado. La viejita los quiere a todos como si fueran hijos, y sufre mucho con tantas peleas. El anarquista es para ella el hijo bobo que hay que cuidar porque ella sabe que él quiere ver arder el mundo con la esperanza de que algo bueno salga de las cenizas. Y también sabe que nunca va a tener éxito. El asesino en serie es el más callado de todos, y eso francamente lo agradezco. No es un mercenario, lo cual me gustaría aún más porque sé que el yupi le pagaría por matar a todos y quedarse solo. El anarquista también quisiera contratarlo, pero no le alcanza con la platica que le da la viejita amable cada semana. Además sospecho el anarquista quisiera que el asesino lo matara a él primero, lo que seguramente no disfrutaría porque existe un cierto afecto entre homicidas y anarquistas. De todos es el niño el que más sufre. No entiende por qué se llevan tan mal los unos con los otros, y de no ser por la mujer nudista y medio puta que le habla desde el lóbulo frontal seguramente ya se hubiera ido a cualquier otro cerebro. Todos le tienen ganas a esa mujer, pero ella no quiere nada con nadie sino algo con todos. 

Creo existe una madre cabeza de familia entre todos esos. No habla mucho, o por lo menos eso parece. La escucho sobretodo por las noches cuando hace cuentas de cómo llegar a fin de mes porque su jefe no le paga el sueldo hace dos meses. Es por la crisis, dice. Al jefe no lo conozco. Ese no vive en mi cabeza afortunadamente, aunque no dudo que él y el yupi se entenderían de inmediato. Estoy seguro que si la madre no estuviera siempre tan angustiada y si pudiera disponer de un poco de tiempo cogería trapera y escoba y limpiaría un poco todo el mugre que llevo dentro. Pero no tiene tiempo, ni fuerzas, ni plata para comprar un buen cepillo. Por lo que sé, quisiera dejar a su hijo con la viejita mientras se va a trabajar, pero el niño es rebelde y grosero con la madre y prefiere irse donde el poeta pobre que no le da comida pero le enseña a hacer avioncitos de papel. 

La última vez que fui al psicólogo me decidí a contarle todo eso. Era necesario, les dije a todos, porque si seguían así me iban a enloquecer del todo. Esperaba el doctor me internara o por lo menos me mandara alguna pastilla que los mantuviera en silencio por un rato. 
Me miró desde la silla al lado del sofá y me preguntó si había otros. Le dije que si, que eran más, que mi cabeza parecía una pensión de mala muerte en la que los inquilinos llegan y nunca se van. Que a dios gracias el asesino ejercía una suerte de control de población.

El tipo ese me miró. Se tocó las gafas y me dijo que lo mío era normal, que así eran todos los que el conocía. Que para mí no había pastillas ni góticas de valeriana. 

Entonces todas las voces de mi cabeza entendieron exactamente lo mismo al mismo tiempo: ese tipo estaba más loco que una cabra. 

Por cierto, tengo cita de nuevo el lunes.

lunes, julio 03, 2017

VIOLETA

Violeta es adicta a coleccionar palabras. Todo comenzó cuando, años atrás, le regalaron un poco por error y un poco por azar, su primer diccionario.
Violeta dice que en su casa nunca había que leer, y cuando a los 8 años pidió un libro para su cumpleaños, su madre, que leer nunca había aprendido, fue a una librería y pidió algo que tuviera muchas palabras. Nunca se supo si el librero era un ángel disfrazado o un demonio distraído, pero a la madre de Violeta le fue dado un diccionario.


¿Y esto tiene muchas palabras? - Preguntó la madre.
¡Las tiene todas! - Respondió el librero.


Desde entonces Violeta colecciona palabras. Pero no las colecciona por orden alfabético, sino que las acomoda por su significado. Dice que "así es más claro", porque en vez de  buscar qué significa la palabra busca aquella que representa lo que el alma quiere decir.

De todas sus palabras, las que más atesora son aquellas que en ningún diccionario de aquellos que pueden ser comprados aparecen. Gusta de palabras como soledansia (aquella soledad ansiosa) o tristesencia (aquella tristeza que da la ausencia), pielzura (que es el sabor dulce que toma la piel después de amar) o amarsancio (que es el cansancio que queda después del amor).

Salvo para sus amores, las palabras que Violeta pronuncia resultan incomprendidas. Pareciera que es una mujer que habla en lenguas extrañas y olvida las reglas básicas de la gramática. No le importa poner el sustantivo antes o después del artículo, el adjetivo primero o vez tal después, verbo persiguiendo pronombre artículo y del debajo color por...

Pero no importa que no comprendan sus palabras, porque invariablemente comprenden su intención. Cuando Violeta habla sus palabras significan siempre. Y quien las escucha tiembla y se enamora.

VIOLETA


VIOLETA
Dibujo en carboncillo sobre papel Edad Media.
Ilustración para un cuento del mismo nombre.

martes, junio 27, 2017

VALENTINA

Si algo tenía Valentina era voz. Y carácter. Pero hablemos mejor de su voz, que a todos asombraba. Quienes la conocían decían que cantaba como los ángeles, aunque si algo es seguro es que ninguno de los que la conocían había escuchado jamás a un ángel cantar. Su voz distaba de ser coherente con su edad y mucho más con su cuerpo mal formado. Vestía sencillo, sin bolso o accesorio. Solo llevaba una cruz que le había dado su madre antes de dejarla en la calle para que se ganara la vida. Tan pesada era que prefería llevarla en su mano que amarrada al cuello.

Valentina creía que el mundo iba a escucharla siempre, así que hizo de la calle su teatro, y de los buses su escenario. Cantaba por monedas, aunque lo que ella quería era que en realidad alguien la descubriera. Pero los descubridores debían estar en otras rutas y las monedas en otros bolsillos, porque cada vez menos recibía. Sin embargo, de lo último también ella era culpable. No cantaba canciones de amor ni baladas de las que suenan en la radio. Valentina cantaba tangos. Pero tampoco eran tangos dulces, o por lo menos seductores. Eran tangos contestatarios, rebeldes, crueles y descarnados. Valentina sentía que esa era su vida, y esas las historias que debía cantar. Pero nadie da monedas a quien solo tiene historias tristes, aunque su voz parezca la de un ángel.

Con los años, su voz no cambió, aunque su cuerpo se formó mejor. Entonces la descubrieron. O eso le dijeron. Que fuera tal día a tal hora a una audición. Allí estuvo, puntual como siempre. No llevaba bolso, ni siquiera aretes.
Valentina cantó. Un tango. Luego dos. Frente a ella unos ojos fríos la miraban. Un momento después observó cómo aquel hombre con ojos que congelaban se acercaba a ella y le ponía el brazo en torno al hombro. Sintió en aquella mano la contundente certeza de que aquel descubridor no quería descubrir su voz sino su cuerpo debajo de las ropas. Entonces ella no cantó más. 

Si algo tenía Valentina era voz. Y carácter. Y su carácter no iba a dejar que abusaran de ella. Usó la cruz, esa que le dio su madre, y la clavó certera en el cuello de aquel hombre. Se quedó allí, mirando, viendo como la vida se escapaba con la sangre. Una mancha roja sobre un piso de color gris. Un olor. 

Entonces al fin se alejó de la habitación. Y mientras caminaba se sonrió. Acababa de pensar un tango nuevo que cantar.

VALENTINA


VALENTINA
Dibujo en carboncillo sobre papel Edad Media.
Ilustración para un cuento del mismo nombre.

jueves, junio 22, 2017

¿Sufrirán de insomnio los centauros?



A veces me pregunto si sufrirían de insomnio los centauros
Quizás en las noches, cabeza y cuerpo discutían.
La luna, desde lo alto, vería aquella parte de caballo que lo único que deseaba era salir a galope, llamado por praderas y por campos.
También vería, alta en el cielo, aquella parte de hombre que se cansaba de pensar, que contener ya no podía y que, sin embargo, insistía.
Ceder, quizás, sería perder el último asomo de humanidad.

O tal vez el insomnio sería otro.
La cabeza pensaría en cosas por decenas. Cosas mundanas, por supuesto. Qué habría de comer mañana, si acaso en algo podría trabajar, si de algo podría vivir un día más. Si quizás, a pesar de aquel extraño cuerpo alguien habría de darle promesas de futuro.  La parte de animal seguramente se iría a descansar, agotada de sus trotes sin sentido.

Es posible que en algunos, caballo y hombre hubieran dejado de pelear. Tal vez correrían juntos. Tal vez juntos hubieran dejado de correr. Tal vez aprovecharían la noche para jugar con la sombra y verse tan solo como caballos, o tan solo como humanos (qué mas da....) O tal vez, solo tal vez, algún centauro se habría aceptado como lo que es.

Es posible, insisto, pero no probable. Porque mientras cabeza y cuerpo se pelean no escuchan aquel corazón cansado que una noche cualquiera se cansará de galopar.

miércoles, junio 21, 2017

Nombres de mujer

Durante las últimas semanas he posteado en estas Soledades algunas imágenes y textos con nombres femeninos. Son parte del último proyecto que he hecho público "NOMBRES DE MUJER".

Es un proyecto que, en realidad, cuenta ya con varios años encima pero que nunca había hecho público. Cuenta la historia de un montón de mujeres que me han regalado historias. Algunas se han cruzado en mi camino y hemos compartido un espacio de la vida. Otras sólo se cruzaron en el camino y me regalaron la historia que aquí cuento.

Como son historias que tienen una vida propia también un espacio propio les he dado.



Allí, cada lunes y durante cerca de medio año estará publicada una historia nueva cada vez. Pasado ese tiempo, cada cuento quedará allí, con cierta vana ilusión de eternidad.

Mi recomendación para los lectores es que busquen y lean las historias directamente allí. Aquí, en Soledades, también estarán puestas como un repositorio de la mayoría de mis búsquedas artísticas, pero allí estarán escritas y presentadas de manera especial, como creo se merecen.
Así que ya saben: Estan todos invitados.




lunes, junio 19, 2017

CÁNDIDA

Desde niña, Cándida soñaba con sonidos. Dormida, escuchaba sonidos como los demás veían colores. Era de una belleza simple, dulce, un poco pequeña (petite decía ella), y con una sonrisa que iluminaba todo, sin importar que fuera noche cerrada.

Temprano en la infancia se vio ocupada por la vanidad. Su preocupación no tenía mucho que ver con el cuerpo, sino con la voz, con lo que decía, pero sobretodo con el cómo lo decía. Se preocupaba por tener una melodía en sus palabras, por duras que ellas fueran. Al primer descuido de sus padres comenzó una estricta dieta. Solo se alimentaba con instrumentos musicales.

Dependiendo de la hora elegía el instrumento que iba a comer. Si era de almuerzo se dedicaba a comer instrumentos grandes, incluso pesados. A la comida se iba por instrumentos más livianos como un oboe o un clarinete. Y de desayuno se iba por lo frugal: un pícolo, un triángulo, uno que otro violín.

Con el tiempo fue aprendiendo a acomodar su estómago a su régimen de alimentación. La cosa cambió de sonido cuando al llegar a la adolescencia la atacó el hambre que solía llegar con la edad. Ahora era capaz de comerse un piano entero y completarlo incluso con algo de violonchelo. Su apetito, por esas épocas no era coherente con su apariencia de mujer petite...

Con el tiempo su cuerpo fue cambiando. Era lógico dada su compleja alimentación. Su voz siempre fue melodiosa, eso sin duda. Pero su cuerpo era... bueno, digamos que poseía una extraña armonía. No tenía forma de guitarra, ni de violín. Sus piernas eran más bien gruesas como la boca de la tuba. Su vientre apretado como el cuero de un par de timbales bien afinados. Sus dedos eran largos como el arco que tocaba la viola. Y su cabello era blanco. Y negro. Y blanco. Y negro otra vez.

La buena de Cándida consiguió trabajo en una orquesta. Cantaba, claro. Pero cuando los demás músicos vieron su dieta toda la orquesta se revolucionó. Ya ningún músico dejaba su instrumento solo, ni siquiera en los breves recesos que tenían entre ensayo y ensayo. Hasta al baño comenzaron a llevar sus instrumentos, con tal de mantenerlos lejos del apetito de Cándida. La peor parte la llevó el pianista, pero el percusionista y el contrabajista también llevaron lo suyo. Debían esperar a que Cándida saliera para vigilar que no fuera a comerse una baqueta, o a robarse el arco, o quizás un par de teclas.

Un día el hambre de Cándida al fin se calmó. El viejo director de la orquesta descubrió que lo que Cándida necesitaba era comer la batuta que, por dentro, iba a ordenar la orquesta que ella era.

CÁNDIDA


CÁNDIDA
Dibujo en carboncillo sobre papel Edad Media.
Ilustración para un cuento del mismo nombre.

lunes, junio 12, 2017

MAYRA

Mayra vivía entre hilos y telas. Enamorada del tejer y del telar, soñaba con que el cielo no era más que un enorme tejido negro del cual en hilos de oro habían bordado estrellas. Un sueño cliché sin duda, pero al menos un sueño propio.

Todo comenzó al momento de nacer. Su madre había sido costurera y de pequeña la arrullaba poniéndola justo al lado de una vieja máquina de coser Singer que nunca había faltado a su trabajo. Al rítmico sonido del motor Mayra conciliaba el sueño, en una canasta ablandada con retazos de tela que su madre guardaba con la esperanza de, algún día, hacer un vestido de colores para su dulce niña. Con el paso de los años, aquel vestido fue creciendo, agregando nuevos retazos mientras la propia Mayra alcanzaba más centímetros que su madre dibujaba detrás de la puerta. Con cada centímetro una nueva franja, con cada acontecimiento un nuevo trozo de color, una nueva historia que adornaba aquel hermoso vestir. Durante toda su infancia, y gracias a aquel ritual casi secreto con su madre, nunca faltó a Mayra que ponerse. Pero pocos años después lo que faltó fue tener a su familia más tiempo con ella. El padre se había ido antes de nacer, y a su madre la visitó la muerte antes de tiempo, justo cuando Mayra se convertía en ese nudo que envuelve todo en la adolescencia.

Comenzó a trabajar en una fábrica de ropa, pues de algo debía ella vivir. De mañana nunca la veían salir de casa, y en las noches los vecinos tampoco la veían llegar. Si alguien encontraba que Mayra estaba en la calle, solo podría afirmar que estaba en el camino, sin nunca saber si iba o si acaso regresaba.  Hablaba poco, y quien la escuchaba nunca encontraba en el hilo de su historia alguna de sus puntas, ni la del principio ni la del final. Mayra lo prefería así, pues no quería de nuevo quedarse sola sin una historia, sin alguien que la escuchara hablar.

Un día se volvió mayor de edad y los demás comenzaron a hablar a sus espaldas como suelen hacerlo los adultos cuando se enfrascan en ridículas discusiones de punto cadeneta chisme. Afirmaban que Mayra era complicada como un carrete de hilo suelto o más bien como un ovillo, o tal vez como una madeja, como aquel montón de hilos que su madre (que en paz descanse) manejaba. Algo de razón tenían, pues cada uno de sus actos era un nudo permanente. Incluso en el amor, pues siempre amaba sin principios ni finales. Amaba como el nudo que era ella.  Amaba eternamente.

Cuando se desnudaba parecía que se dejaba la vida en cada prenda que resbalaba de su cuerpo. Los botones se zafaban uno a uno. Quitaba el broche de su sostén con tal lentitud que a veces parecía que no se movía en absoluto. Los retazos de su vestido parecía que se abrían costura a costura con una parsimonia tal que no podía saberse si la ropa en realidad se hacía o se deshacía. Mayra quería que aquel instante durara por lo menos un par de eternidades, que en la madeja que ella era no fuera a entrar ninguna tristeza, ninguna soledad. Al momento del amor, justo instantes antes del orgasmo Mayra se desdoblaba, se desenredaba, se desmadejaba, iba abriéndose tan grande como era, y de la nada parecía que le salieran un par de brazos más, otro juego de largas piernas.

Entonces por única vez sus amantes lograban ver sin nudos aquella madeja. Mayra, destejida en medio de la cama dejaba que su amante viniera a ella, y luego, tan solo un par de segundos después del orgasmo comenzaba a enredarse de nuevo. Las puntas se amarraban, su cabello se hacía lazos, aquellos 4 brazos se tensaban en torno al tronco y las piernas, las largas piernas, se doblaban y anudaban sin permitir movimiento alguno. Mayra temía, aunque no lo confesara, que ahora fuera su amado quien antes de tiempo la dejara.

Nunca su amante tenía tiempo de escapar. Mayra los ahorcaba entre sus telas, y después se sentía arrepentida. Así que los devoraba, bocado a bocado, de manera que siempre vivieran en ella, tejidos de la vida que era ella. Y, para ocultar el cambio de tamaño después de devorarlo, Mayra, la dulce Mayra, tejía ahora una nueva franja de retazos que adornaba su vestido.

MAYRA



MAYRA
Dibujo en carboncillo sobre papel Edad Media.
Ilustración para un cuento del mismo nombre.

lunes, junio 05, 2017

ANA


Ana era una mujer con una vida tan común como su nombre. Trabajaba de sol a sol en un empleo que le iba quitando los años. Cuando tenía suerte, mucha suerte, amaba de luna a luna y recuperaba en una noche un trozo de la vida. Pero la suerte cada vez visitaba menos el apartamento de Ana.

Vivía sola, un poco por elección y un poco por vocación. Pasaba los fines de semana dedicada a su gran amor, es decir, a la cocina. Entre platos y cacerolas sentía que la vida tenía un motivo para vivirse. No importaba que nadie más que ella probara sus recetas, Ana seguía cocinando. 

Lo mejor de todo, es que su amor era correspondido. No había receta, por simple que fuera, que no tomara otro sabor en sus manos. Si Ana, descuidada, dejaba algún plato más tiempo del necesario, el fogón mismo bajaba la temperatura, no fuera a ocurrir que la receta se arruinara.

Pero no era aquel su único secreto. Nadie sabía que estaba enamorada del periodista que escribía las recetas del periódico del domingo. Nunca había intercambiado con él palabra alguna. Lo leía fielmente, eso sí, pero nunca le había escrito. Tenía miedo de que este amor no fuera correspondido. Le bastaba con ver cómo se atrevía a proponer mezclar el arroz con el mango para imaginarlo como un hombre atrevido, como un ardiente explorador. Pero cuando propuso hacer un día jugo de papaya con fresa Ana no soportó más la tentación. Le escribió. De su puño y letra dijo "yo lo leo".

Ana estuvo segura de que él le respondió. No fue de su puño y letra. Tampoco a la dirección del remitente. Respondió públicamente, en su sección de cocina. Puso la receta de un pastel de carne. Y eso, sin dudarlo debía ser una respuesta para ella. Así que volvió a escribir. Esta vez se tomó más confianza y le dijo que "le gustaba sentirse por él acompañada”. Toda la semana esperó para sentir que recibía una respuesta. Esta vez con un tiramisú de chocolate. Ana se preocupó. La conversación estaba tomando otro color. Cedió a las ganas y le dijo "que sí, que quería verlo". Y entonces, el domingo, el periódico publicó una ensalada. Ana se preocupó de nuevo. ¿Qué había pasado? ¿Por qué ahora le mandaba un plato frío? Ana volvió a escribir, y fue una espera eterna. Él publicó un coctel, lo que Ana entendió como unas disculpas por el desplante de las verduras. Así que le insistió, y le dijo que se vieran. Él puso luego una de esas recetas que se hacen a fuego lento. Y Ana se desesperó. ¿Por qué le decía que se tomaran las cosas con calma? Así que no soportó más y se fue al periódico. No dejó carta esta vez, sino un soufflé con la dirección de su casa: no podía ser más directa. 

El domingo, el periódico publicó una cena para dos. Ana comprendió el mensaje y el viernes siguiente no fue a trabajar. Se quedó en casa, cocinando, con tan mala fortuna que aquel celoso horno no quiso prender. Llamó al servicio técnico, donde una fría voz le dijo que "irían más tarde, que había mucho trabajo". La pobre Ana vio pasar las horas, mirando como el reloj la torturaba con cada paso. Su horno nunca recibió atención. A las 6 de la tarde se sintió morir. Su escritor de recetas de cocina estaba a punto de llegar y el maldito horno no funcionaba. Entonces abrió la nevera, y un poco desesperada, decidió hacer un par de sánduches de atún, nada elaborado, pero por lo menos algo para no recibir al periodista con las manos vacías. Y, además, preparó dos copas con vino que esperaban para ser llenadas. A las 7 los nervios la vencieron, y decidió tomarse una copa. Y luego dos, y ya metida en gastos un par más. Así quedó dormida sobre la mesa. 

A la mañana siguiente, ya sin celos el horno funcionaba. Esperó todo el día para que llegara el domingo. Y entonces vio la receta. Sánduche de atún.

Ana entendió que hay cosas que no pueden ser, así que dejó de escribirle notas. Y también dejó de leer las recetas del domingo. Nunca se enteró que desde ese día, semana tras semana, el periódico publica recetas que pretenden conquistar a la mujer que meses atrás dejó un soufflé y una dirección en la que nadie abre la puerta.

ANA



ANA
Dibujo en carboncillo sobre papel Edad Media.
Ilustración para un cuento del mismo nombre.

martes, mayo 16, 2017

Alas de juguete

En todas las ciudades se encuentran, ocultos, pequeños negocios que son una ventana a otros tiempos en los que el trabajo se hacía a mano y el tiempo no era la moneda de cambio. Son pequeños lugares, escondidos de la vida, en los que aún habita el encanto sutil del trabajo amado. No son muchos, es verdad. Algunas anticuarias de libros, por ejemplo, aún conservan esa línea directa con el pasado. No la mayoría, por supuesto, que casi todas se hayan tan inmersas en la modernidad que más que ventanas claras son vidrios opacos, lugares sin alma que hoy venden libros sin historia, sin pasado y sin memoria. Son visitados casi siempre por estudiantes que buscan ahorrarse unos pesos comprando libros viejos o tal vez ganarse un almuerzo extra vendiendo aquellos textos que en todo el año nunca leyeron. Esas anticuarias no son más que un artificio de aquel secreto del que hablo. Pero aún existen, silenciosas e inmortales, algunas en las que cada libro cuenta una historia. En muchas sólo el librero conoce la historia y te habla de a qué biblioteca pertenecía, de quién es aquella firma difícil de entender, de los avatares que dicho libro ha vencido con los años. 

Leí alguna vez que en Italia (o tal vez era en Inglaterra) vivía aún escondido entre las sombras un pequeño local de un fabricante de bombillas a mano. Mezclaba en ellas gases nobles que daban su color a cada luz. Conocía cada tipo de bombilla hecha, y seguramente también las que quedaban por hacer. 

Supongo existan más ventanas de las que hablo, pero es un supuesto que tiene más de esperanza que de realidad. Cada vez es más difícil encontrar lugares como esos. "Se los va comiendo el progreso", dicen. Yo sospecho que cada vez que uno de aquellos sitios cierra la ciudad se muere un poco, aunque nadie se de cuenta. 

En este barrio aún sobrevive una ventana. Es pequeña, y no sé si resista mucho más, pero hoy he podido encontrarla. En ella un hombre viejo de lentes anchos como base de botella y una joroba difícil de negar repara juguetes y muñecos viejos. Aquel hombre es el cliché completo de lo que imagino sea un reparador de juguetes. No tiene cargaderas ni corbatín, que en mi cabeza ha sido siempre un requisito indispensable del oficio, pero salvo esa omisión profesional, es exactamente igual a lo que mi cabeza dice que debería ser. 

La entrada es pequeña: una puerta metálica de un garaje a la cual se le abrió un espacio que funciona como lo hacen las ventanas de despacho en las salsamentarias de barrio. Bajo ella un cartelito plastificado y desteñido que con una caligrafía impecable dice "se arreglan juguetes". Toco el timbre y suenan pasos. ¿Quién?, dice una voz gastada. Vengo a traer un juguete, digo. 

Tras la puerta aquel garaje se encuentra adaptado para una labor distinta a la original. Una mesa grande, de espaldas a la entrada, es alumbrada por una lámpara de escritorio de brazo mecánico. Sobre ella una suerte de tapete blanco en el cual descansa una lupa que adivino tendrá aún más aumento que el que tienen las gafas de quien allí trabaja. Las paredes de piso a techo mostrando repisas en madera llenas de cajas. En las cajas diversos objetos: tornillos, arandelas, trozos de tela, cuerda, hojalata, pintura, canicas de vidrio, hilos en todos los colores, llantas y partes de otros juguetes. Supongo hay también herramientas, aunque no logro verlas. No hay sillas ni butacos, salvo aquella que frente a la mesa y también de espaldas a la puerta ha de servir de puesto de trabajo.

¿Cuál es la historia? me pregunta, y yo le cuento. Es el juguete de mi hijo, le digo, el que usa para dormir. La cuerda se ha roto y ahora es un payaso triste que ha dejado de cantar. Creo que en aquel hombre se esboza una sonrisa, pero supongo sea esa manía mía de pensar que todas las personas ven en el mundo cierta poesía. Me dice que espere mientras me lleva hasta la puerta. 

Me quedo afuera, tratando de ver que hace aquel hombre a través de la ventana de despacho. Solo distingo su espalda, doblada sobre la mesa. Veo a aquel hombre tomar el juguete y ponerlo sobre su oído. El gesto, aunque lento, me parece sumamente elegante. No dirá nada aquel muñeco, pienso, pues su cuerda rota no le permite hablar, y sin embargo aquel hombre deja el muñeco sobre su oído un minuto tras otro.Me pregunto si cada juguete le contará su historia. ¿Le hablará del niño que los tuvo? ¿Le contará los secretos que su dueño le confió? Tal vez algunos juguetes hablen de maltratos, de abandonos, de soledades. Tal vez alguna muñeca cuente de sueños cansados. Supongo más de un oso de felpa sabrá hablar de corazones rotos. O tal vez hablen de recuerdos gastados o de la traición que los años hacen a la infancia. Y así, mientras pienso, veo como diligentemente trabaja. Quisiera ver sus manos, pero desde mi posición tan solo alcanzo a imaginarlas. Lo veo tomar un destornillador y abrir una caja de música. Quizás el corazón de los muñecos tenga siempre forma de caja musical. ¿Será acaso eso lo que ha pasado a aquel juguete? ¿Su corazón roto habrá dejado de cantar? Es grave aquello de las enfermedades cardíacas, ya sea que hablemos de personas o muñecos. Mi padre sufre del corazón así que lo sé de cierto. Supongo a algunas personas les cambie la vida, aunque no sé si a aquel payaso también le ocurra. Vive bien. Duerme en una cama blanda cada noche, lo abrazan antes de dormir, no le faltan cuentos e historias de aventuras. ¿Qué pudo haber soñado mi hijo aquella noche que hizo que no hubiera más latidos en aquel pequeño cuerpo de tela y algodón?

Afuera el sol se oculta. Los sonidos de la ciudad poco a poco cambian. Los gritos de vendedores que llaman a clientes futuros se van apagando, el tráfico cambia y la gente se apresura para llegar a sus hogares. Una sirena suena a lo lejos. Tal vez se trate de alguien con un ataque al corazón, ironía perfecta, supongo. Y mientras pienso aún espero. Al fin lo veo levantarse. Se acerca pausadamente, llevando en sus manos aquel muñeco. Tal vez me equivoque, pero parece que ahora sonríe un poco más. Me abre la puerta y mientras me lo entrega me dice que no era un daño grave, que aquel payaso se enamoró de una muñeca de nieve y que justo anoche ella le habló de un amor correspondido. Hay corazones que a veces no soportan tanta alegría, dijo, y yo le creo.

Mientras me alejo de aquella calle veo a aquel viejo, de lentes y espalda curva cerrar la puerta de su negocio. Sospecho, bajo la camisa, un par de alas se disfrazan de joroba.

domingo, mayo 07, 2017

Entre los dedos



Últimamente las horas se pasan diagramando
Línea a línea.
Pliegue a pliegue.
Entre papeles a veces resultan sombras
Trazo a trazo.
Paso a paso. 
Trato de olvidarme
Sombra a sombra.
Espacio a espacio.
Pero allí también me encuentro
Olvido a olvido.
Corrección tras corrección.
...la memoria entre los dedos

sábado, abril 01, 2017

Correr, supongo



Hay veranos que sin esperarse arriban.
Lo secan todo
    la tierra duele
  y en las calles 
    hasta una simple mirada
      quema. 

Otoños que llegan antes de tiempo
que se ponen grises
    como las hojas que secas esperan la caída
Otoños lentos que trazan 
    círculos 
      en el aire
        hasta llegar al piso.

Los inviernos unas veces son más fríos
y otras en cambio resultan tan sólo lluviosos
    las vías se llenan de ríos
       los ríos visten de negro
          porque el invierno, a veces, 
              lava la suciedad del mundo. 

Hay primaveras que se pasan cortas
   suspiros de estación
   breves aleteos
        de mariposa
           que encuentra su momento
              cuando ya es hora de partir.

El tiempo corre
  interminable
   de estación en estación
Tras él corremos todos
   En calles calientes, que hacen levantar los pies
      En avenidas grises que con cada paso regalan un crujir de hojas
        Entre charcos, que salpican al pasar sobre ellos
          Entre aleteos de mariposas que solo un día duran. 

La vida es eso, supongo
    un eterno correr.
Imagino a veces 
   bien valdría la pena.
    pararse a vivir
      de estación en estación.

lunes, marzo 13, 2017

Una historia de regalo

¿Quién me regala una historia para escribir?
Prometo no escribirla tal cual me la dicte. Prometo con ella sólo tentar a las musas de la palabra, que esquivas, me tienen sumido en el abandono.
Prometo si usted quiere cambiar los nombres, las fechas, los lugares.
Y prometo también que será usted quien primero la lea.

¿Quién sería tan gentil, tan querido, tan amable, de regalarme una historia que pueda darme palabras de nuevo?

domingo, marzo 05, 2017

El hacedor de vientos



A lo lejos 
    un canto que atraviesa la montaña. 
Adivino su presencia 
    antes de que llegue hasta mí el sonido.

Es el viento, lo sé de cierto
   que acaricia las hojas del árbol al pasar.
Es el árbol, que canta su presencia
     Es el tiempo que ve a uno en el otro jugar.

A veces
     sobretodo cuando hace frio
  se mete en la casa y ya no quiere salir
lo desordena todo
    los papeles
       las cortinas
          los móviles que cuelgan.

Es el viento, insisto
   que historias de viaje tiene
     y cantos
      y palabras olvidadas
       y también historias
        y recuerdos de una que otra soledad

Yo le presto mis oídos
  y el se pasea en ellos

contando
  lo que tiene que contar. 

A veces el viento 
por dentro
trae tempestad.