miércoles, abril 18, 2018

Cotidianidades (XIV)

¿Y cómo vas con tus monstruos? me pregunta con ese tono de voz que es al tiempo curiosidad y certeza.

Mejor, le digo. Ya nos hemos ido acostumbrando los unos a los otros y bien que mal convivimos. Debe ser eso lo que llaman la serenidad de los años.

¿A qué te refieres? insiste, con esos ojos de tierra y de esperanza, de bosque oscuro y de sonrisa.

Mis monstruos también se van volviendo viejos, con sus canas y sus achaques, con dolores en la mañanas al despertar, con sus caprichos. Hay algunos que incluso lucen tiernos con los años, como si el tiempo fuera teñiendo de costumbre su existencia igual que lo hace con los recuerdos. Hay días en los que me sorprendo cuidando de ellos, preguntándoles cómo están.

¿Y no has pensado despedirlos de una vez? pregunta, conociendo la respuesta.

No. Nunca. Si ellos se fueran ¿quién me haría compañía?

lunes, abril 09, 2018

¿Qué libro hay en tu mesa de noche?

La pregunta “qué libro hay en tu mesa de noche" siempre me ha parecido más poética, provocadora e imprecisa que aquella que cuestiona por cuál es el último libro que se está leyendo.
Quizás la belleza de aquella pregunta radique precisamente en su imprecisión.
En una mesa de noche pueden habitar, por ejemplo, libros de aquellos que no son para leer sino para contemplar. Son aquellos los libros que funcionan como paisajes, escenografías deseadas para sueños que llegarán más tarde aquella noche, pero de los cuales con frecuencia no habrá recuerdo al despertar.
En otras mesas pasan en vela los libros preferidos, aquellos que se han leído una y cien veces y que cada vez dicen algo diferente, como una suerte de magia que hace que sea el libro quien lea a la persona y por eso, justo por eso, modificara sus ideas, sus frases y memorias.
Hay estudiantes, recuerdo algunos, que en su mesa tenían algún libro de texto. Soñaban vanamente y sin nunca confesarlo que de alguna forma lo que decía en esos libros pasara de noche a sus cabezas. Sobra decir que aquello nunca llega a funcionar, lo sé por experiencia propia.
Conozco algunas mesas más que son habitadas por libros que son una provocación para noches en las que no se conciliaran sueños, peleas o lecturas. Algunos ilustrados, como una suerte de kamasutra moderno, y otros en los cuales el erotismo se encuentra entre las curvas de algunas letras y las piernas abiertas de otras más.
O tal vez en aquella mesa haya un libro de cuentos para el bien dormir. Cuentos cortos, de aquellos que cuentan con las palabras justas y en la medida exacta.
Hay otros que guardan en su mesa aquello que su fe dicta como palabra santa. Lo guardan como una suerte de talismán contra males y desgracias, aunque muchas veces no lo lean y casi nunca lo practiquen.
Y hay mesas, esas son las peores, que hasta hace unas noches cojeaban y que ahora bajo alguna de sus patas, un libro ha vuelto a regalarles equilibrio. Esas mesas son para los libros una afrenta imborrable, pues de hecho guardarán sobre su lomo la cicatriz del peso de una mesa en la que nunca se leyó.
¿Qué libro hay, me pregunto, en tu mesa de noche?

viernes, abril 06, 2018

Cotidianidades (XIII)

Me paro frente a todos y comienzo. Es una clase más. Ya he perdido la cuenta de cuántas van en este curso. Hablamos de cosas que cambian el mundo, de cosas que no lo hacen, de un tema y luego de otro. Entonces trazo una línea y luego otra y menciono un color.

Me miran, extrañados, y dicen que es otro. Tienen razón, por supuesto. Confundo los colores como quien confunde gatos pardos en una noche oscura. Soy daltónico les digo.
Siempre ocurre lo mismo luego, las mismas preguntas que he escuchado desde niño una y otra vez:  ¿Es verdad que el verde lo ven rojo y el rojo lo ven verde? ¿De qué color es esta camisa? ¿Y esa otra? ¿Y esto de qué color es?

Es una rutina que ya conozco. Hablo de aquel enredo en mi cabeza entre el verde que es gris o tal vez café, de los azules y morados que son iguales siempre, del amarillo y el naranja, irremediablemente semejantes. Hablo de mis ojos que nunca miran igual. Hablo.

Entonces, no se bien por qué, me confieso:
Yo no tengo muchos sueños - les digo- pero si pudiera cumplir tan solo uno quisiera ver un arcoíris.

Se miran unos a otros. No saben bien que decir.  Se hace el silencio.
Uno de ellos se pone a reír. Y luego otro, y otro más. En instantes la risa es parte de todos.

Sonrío también.
Seguramente sean los nervios, me digo.
Sonrío insisto, aunque dudo que noten que mi sonrisa es aquella que se pone  cuando algo se rompe por dentro.


A veces es difícil no sentirse abandonado.

lunes, marzo 26, 2018

La mujer del Cocodrilo

Un día desperté transformado en cocodrilo. Al principio pensé que era un asunto extraño, que nadie había vivido antes. Pero luego recordé a Gregorio Samsa, ese que despertó un día transformado en escarabajo o cucarrón.

Traté de llorar, pero de manera previsible sólo lágrimas de cocodrilo salieron de mis ojos. En mi cama no había nadie, así que pensé que tal vez, con un poco de suerte, la casa estuviera vacía y mi transformación pasaría inadvertida. Pero aquel consuelo duró poco, pues unos segundos más tarde la puerta se abrió de repente.

Pensé en el terror que sentiría mi amada al verme. Los gritos, que sin duda atraerían a los vecinos dispuestos a matar a aquel reptil que yo era, el espanto, el infinito miedo al pensarse devorada, y luego el dolor y la soledad como única consecuencia. Pero nada de aquello pasó, ni terror, ni espanto, ni miedo. Nada de eso.

En cambio me miró largamente y luego se desnudó y se metió en la cama. Estuvimos varias horas metidos bajo las cobijas, como si se tratara de un río en el cuál nos sumergimos entre giros y rugidos. Cuidé siempre que mis dientes no rompieran su piel. Cuidé que mis garras no hicieran jirones su cuerpo. Cuidé que mis escamas no lastimaran sus manos. Pero a ella poco le importaba aquello. Entre giros me atrapaba. Se metía en mi boca abierta y me tentaba a que la cerrara.

Cuando de repente se llenó de agua me revolqué en ella, cocodrilo de agua dulce. Cuando cansados nos sobrevino el sueño me sumergí en su sudor, cocodrilo de agua salada.

La mañana siguiente mi cuerpo era, de nuevo, aquel que siempre había sido, sin escamas, sin garras, sin dientes.
No encontré rastro suyo en la cama. Pero en el piso, marcando el camino hacia la puerta, huellas de garras amplias como platos aruñaban el piso y marcas de dientes tallaban la manija de la puerta.

Hasta el día de hoy sigo esperando que aquel cocodrilo vuelva a despertar conmigo.



sábado, marzo 24, 2018

Media vida

El día que Juan Simón Santacoloma cumplía los 40 años abrió las puerta de su casa, se sentó en el estrecho andén y comenzó a hablar. 

Estaba en la mitad de la vida, dijo, y además estaba sólo. Y triste. No sabía si era la soledad lo que lo ponía triste o más bien por culpa de la tristeza se la pasaba en soledad. Se sentía roto, como un florero viejo al que ya nadie ponía flores, como un jarrón que al quebrarse había sido pegado sin encontrar todas las piezas.
Le pesaba el alma, con el peso que se aprende a reconocer con cada año, con cada vida, con cada fracaso. No sabía decir cuantos kilos pesaba aquello, pero bien sabía que antes, cuando sonreía, aquello pesaba menos, pero que ahora el mundo entero se condensaba justo allí en medio del pecho. 
Dijo en voz alta que tenía miedo. De la noche, del día, del mañana. Pero también de la memoria que implacable lo llevaba hacia el pasado y le recordaba sus errores, un recuento de desgracias que se había cansado de contar.
Habló, como no hacerlo, de amores pasados y perdidos, de las derrotas de cada pérdida, de los sabotajes que el mismo había cometido sin ser nunca consciente de ellos. Que ponía el papel higiénico del lado contrario, que a veces olvidaba levantar la tasa del baño, y que casi siempre se distraía a la hora de poner en suavizante en el lavado, asuntos todos ellos que habían resultado gravísimos y que ninguna mujer, por lo menos de las que le habían tocado en suerte, lograban tolerar.
Entonces lloró. Como las magdalenas, los saucos y los vasos con agua fría. Lloró como quien nunca había partido una cebolla. Y cada pérdida era una lágrima, y cada sollozo un recuerdo que le apretaba el corazón.

Y cuando las lágrimas se le acabaron tomó aire, se puso de pie y entró a su casa de nuevo cerrando, con doble llave, la puerta del frente. No fuera a ser que alguna de las palabras dichas aquella tarde fuera a meterse a su casa de nuevo.