viernes, diciembre 15, 2017

Cotidianidades (VIII)

Si tienes un hijo pequeño, algún día llegará a casa rascándose la cabeza. Suele pasar. 
En los colegios se matriculan tanto niños como piojos y todo padre cuyos hijos llevan un par de grados saben bien que algún producto anti piojos es parte de los útiles no listados pero indispensables. 

Ese día oscuro, el fatídico día D (De los piojos, claro), sentirás la psicósis de una cabeza que pica. Es contagiosa la psicosis: Todas las cabezas de la familia, con sólo escuchar aquella palabra, comenzarán a sentir esa innegable comezón.

-"Yo como soy de dulce", dirán algunos.
-"Eso hay que raparlo", dirán otros.
-"Eso lo mejor es el jabón de tierra y dejarlo al sol" dirá siempre alguna abuela vieja.

Y tu, como padre moderno, sabrás que ha llegado el día de poner peinillas a la obras y meterse a la raíz del pelo y del problema.

Lo primero son los implementos típicos:

1. Remedio comprado en la farmacia para matar los piojos
2. Una peinilla pequeñita, tanto como para que entre sus dientes queden oleada tras oleada de aquellos pequeños chupasangre y sus huevos acompañantes
3. Una toalla limpia
4. Un vaso con agua en el que pondrás la peinilla tratando de ahogar a los desgraciados

Te decidirás y comprarás algún remedio. No importa mucho cual. Todos los remedios de aplicar dicen lo mismo: lave el pelo, agregue el producto, espere 10 minutos, enjuague el cabello, use una toalla limpia para secarlo y ahora use el peine para sacar, uno por uno, piojos y liendres.

Seguramente el farmaceuta te recomendará también "unas goticas naturales que son benditas para eso".

Entonces harás el proceso: Lavar, agregar, esperar, enjuagar, peinar.

Y entonces, justo cuando llegues a los 10 minutos de espera te darás cuenta de que hay una instrucción faltante:



Ningún remedio dice que además de aquellos productos necesitarás un libro de cuentos y quizás también uno de respuestas.


Porque nadie te ha contado que durante esos 10 minutos podrás sentarte con tu hijo a leer un libro. Tal vez su cuento favorito, o tal vez alguno nuevo. Ninguno remedio menciona que después, cuando tomes el peine y comiences a peinar cabello a cabello, escucharás como tu pequeño te cuenta aquella historia (tal vez incluso la lea para ti).

Y lo que no sabes, porque ningún remedio lo tiene en sus instrucciones, es que durante aquella hora de peinado aquel pequeño querrá ver los piojos, te preguntará si son como las pulgas o son animales diferentes (quizás te pregunte la diferencia), preguntará además cómo puede poner tantos huevos un animal tan pequeñito y tu te preguntarás lo mismo. Te preguntará si son liendres o liendras, y entonces pensarás que debiste haber buscado en internet antes de sentarte.

Y ese día, si tienes suerte, tal vez termines con un montón de piojos en un vaso y escuches, además, que aquel pequeño te dice que lo que le gusta es saber que si algún día le vuelven a dar piojos entonces él y tú se sentarán de nuevo a leer, juntos, mientras tu acaricias su cabello.

domingo, noviembre 26, 2017

Pedro Ruiz

En Samaguan, un pueblo fantástico olvidado de Dios y del diablo en la costa colombiana, la gente se muere de vieja y de contenta.
Lo primero es culpa de la muerte, que aunque tarde nunca olvida y siempre llega.
Lo segundo es culpa de Pedro, un pintor que por las noches se imagina el pueblo que después pinta.
En sus cuadros están pintados todos, aunque a simple vista no sea fácil distinguir a ninguno. Desde Doña Carmenza, esa matrona grande y vieja que con sus caderas tapaba el sol que caía sobre sus hijos hasta Gregorio Marañón, judío de ascendencia francesa que manejaba la tienda del pueblo aunque en secreto soñaba con poner una venta de flores.

No pasaba un día sin que la felicidad de los cuadros de Pedro hicieran sonrisas y estragos, porque don Pedro sabía que toda sonrisa tiene dentro algún desastre oculto.

"Don Pedro, dice mi mamá que si por favor le manda el cuadro de las margaritas amarillas, que Carola amaneció con dolor de espalda y no se ha podido levantar"
"Don Pedro, pregunta Jacobo Tapias que si le puede prestar el cuadro de la barca con pescados, ese que da buena suerte antes de salir al mar"
"Don Pedro, que doña Azucena y su marido despertaron otra vez con ausencias. Que si será que usted los puede pintar cuando eran jóvenes a ver si se enamoran“
Y don Pedro pintaba con la ansiedad del que busca lo perdido, laberintos en el alma.

La fama de don Pedro había recorrido ya toda la costa, a tal punto que con el tiempo comenzaron a llegar pedidos de la otra punta del país.


"Don Pedro, que si sería usted tan amable de pintar un cuadro con un faro y un mar en calma. Es que hay unos hombres que se perdieron en el agua desde hace una semana y sus mujeres los llaman llorando"
"Don Pedro, que si por favor le pinta a don Evaristo una casa grande porque la Juana está embarazada otra vez y van a necesitar otra pieza"

Y aunque no era mago, genio de lámpara o dios de antaño, don Pedro pintaba y los hombres volvían, las casas crecían, las mujeres se sentían jóvenes y los desplazados encontraban hogar, tierra y refugio con sólo ver sus cuadros.

Un día Don Pedro pintó un cuadro grande, con una piragua, un bosque y una mujer que desde lejos lo llamaba. Pintó un remo pero no pintó barquero.

Cuando a medio día sonó la puerta de la casa y un niño niño quiso decirle la razón del día, no encontró más que la casa vacía, y en la sala un caballete con el cuadro.

Es una historia vieja, que ya no cuentan mucho. Para ser honestos ya nadie habla de eso, pero aún hoy y sin que nadie medie palabra todos se turnan para poner en esa casa comida y flores, para limpiar un poco y tender la cama con sábanas limpias. Todos saben que cuando don Pedro vuelva de su viaje seguro llegará con la mujer del cuadro.

Del niño de la historia, ya mayor de edad, se sabe que todos los días visita la casa, y desde la orilla por la que vio comenzar el viaje de aquella piragua dice sin que nadie oiga: 
"Don Pedro, ¿Cuando vuelva me puede enseñar a mi a pintar?"

domingo, noviembre 12, 2017

Storyteller

Entro a una reunión. Es la quinta o sexta del día, ya he perdido la cuenta. Alguien se levanta, saluda y pone orden. Me presenta: el es Daniel Naranjo, el storyteller que ha venido a acompañarnos, el experto -dice- en aquello del storytelling. Yo sonrío, un poco incómodo, sabiendo que hablan de mi pero sin reconocerme en lo que dicen. 

Es mi turno. Dudo. Me confieso. Yo no soy storyteller. Cuando empecé en mi oficio no existían esas palabras (tan complejas, tan extrañas, tan robadas) para nombrar lo que yo hago. Soy un contador de historias, un narrador. Soy el cuento que escuchan los niños en la cama, justo, antes de dormir. Una parte de imaginación habitada por historias fantásticas que al nombrar se vuelven realidad. ¿Storytelling, me dice? No creo saber de aquello. Tan solo gusto de jugar con las palabras, con las dulces, con las cortas, con las exactas. Con las que suenan como un murmullo, con las que gritan y reclaman, con las viejas que ya nadie usa pero que siguen pegadas en mi memoria como una caricia que suplica por no caer en el olvido, con las precisas, esas que se ocultan entre los pliegues de una idea, con las propias, con las prestadas, con las ajenas que aún espero conocer. Me deleito con palabras inventadas que no requieren explicación. Soledansia, tristesencia. Me gustan las palabras que significan, las que nombran, las que describen, las que vienen acompañadas por un buen silencio. 
¿Storyteller? No lo sé. Bien pensado tal vez mi oficio sea el de la costura, el de tejer palabras unas con otras para crear abrigo, lucir virtudes o esconder defectos. O tal vez sea jardinero y lo que haga sea sembrar palabras en los otros que, si se tratan con cuidado, algún día se convertirán en historias nuevas. O tal vez soy inventor. O malabarista. Qué se yo...

La sala se queda en silencio. El ángel que porta las palabras se pasea entre las sillas. Unos y otros se miran. Se cruzan sonrisas, primero tímidas y luego francas. En los ojos, por fin, aparece la esperanzas. Entonces, sólo entonces, estamos listos para empezar:

Había una vez, hace mucho tiempo...

jueves, octubre 26, 2017

Cotidianidades (VII)

Camino por una calle del poblado, un barrio de clase alta de Medellín. Frente a mi dos mujeres que algunos nombrarían “bien“ caminan. Entre paso y paso hablan y yo escucho.
»... Y entonces me dijo “párate de frente, yo te valoro“
* ¿Pero con ropita o sin ropita?
» No, así vestida... pero luego me dijo “súbete la blusa yo miro“
* ¿Y qué dijo?
Entonces llegan al semáforo que cambia de color y ellas cruzan la calle en una sola carrera. Yo me quedo detrás y un lento y pesado río de carros nos separan.
No supe como valoraron a aquella mujer que caminaba. Bien pensado, no supe nunca si hablaban de una cita médica o del casting para una película porno, de cirugía plástica o de modelaje.
Me quedé con la calle, con la duda, y con una historia sin final. Siempre he odiado las historias inconclusas.

lunes, octubre 23, 2017

Cotidianidades (vi)

» Hoy el mar está tranquilo
+ ¿Por qué lo dices mi niño?
» Estuve escuchando con mi caracola en el oído, y no se escucha que haya tormenta.
+ Tienes razón mi niño dulce: en tu mar no habitan tormentas.

Algún día, tal vez, le contaré lo que suena en aquella caracola. Pero hoy, en su voz, yo también escuchó un mar en calma.

sábado, octubre 07, 2017

Cotidianidades (V)

Yo tuve una infancia de pantalones rotos.

Supongo fue una infancia buena, porque los pantalones rotos y las rodillas raspadas han sido siempre innegables testigos de aquellas aventuras que bien merecen un cuarto de hora o dos entre remiendos. Fue también una infancia de pantalones de botas descoloridas, pues mi madre me compraba unos jeanes largos y las botas las doblaba y guardaba hacia adentro. Cada cuatro o cinco meses descosía el dobladillo y aquel pantalón quedaba ahora con una franja de color debajo.
Así iba yo al colegio, con las rodillas de mi pantalón cosidas y las botas en franjas de distintos tonos de azul. De claro a oscuro, según el momento del año. Aquellos pantalones fueron durante mucho tiempo los mismos que usaba en casa. Porque había niños que tenían 5, 6 o incluso 10 pantalones y cuando salían de estudiar se los cambiaban y se ponían otros. Pero mi casa no era de esas y los pantalones debían durar más tiempo, y soportar aquella doble vida de estudiante y niño que vivimos todos, o por lo menos la mayoría. No me quejo de mi infancia. Siempre tuve pantalones.

Hoy, con 39 años, me he sentado en una mesa a poner un parche en los pantalones de mi hijo. El también tiene trofeos y raspones en las rodillas. El también es un niño de pantalones rotos y de parches. Con la aguja en la mano, a venido a mi memoria la infancia y los recuerdos de aventuras. Entre recuerdos estuve a punto de sonreírme...

El problema es que cuando estaba a punto de recordar aquella atracción magnética irrefrenable que el piso ejercía en mis rodillas se me ha aparecido el rostro de la coordinadora académica de mi colegio.

La recuerdo de aquel día que me hizo parar frente a todos porque no llevaba bien el uniforme, porque a pesar de mi camisa por dentro y mi correa apretada, mi pantalón tenía un parche en la rodilla que mi madre me había puesto.

- "Parche en la rodilla y botas desteñidas", dijo frente a todos.

Recuerdo la cara de mi madre cuando esa tarde le conté que me habían sacado del salón por mi pantalón. Yo, alumno de buenas notas que desde niño amaba estudiar. Yo de jeans azules rotos.

Recuerdo que le dije que la coordinadora había mandado a decir que "si es que acaso no tenía plata para comprarme unos blujeans carrel del éxito". La verdad es que no, no había, pero mi madre siempre se las arregló para que yo tuviera pantalones y lonchera. Imagino mi madre haya pedido prestado el dinero porque también recuerdo al día siguiente llegar a clase con pantalones nuevos y una promesa recién hecha: aquellos pantalones me iban a durar todo el año sin rotos en las rodillas.

Y así, mientras pongo un parche en el pantalón de mi niño, recuerdo a esa coordinadora.
Puede que usted no se acuerde de mí, señora coordinadora, pero yo si me acuerdo que usted, por un parche en mi rodilla, mató de golpe la infancia que yo todavía tenía.

miércoles, octubre 04, 2017

Microcuento (iii) - Displicencia

Se miraron con honesta displicencia y entonces el hombre en el espejo bajó la mirada. No soportaba ver aquello en lo que el dueño de su imagen se había convertido.