sábado, octubre 07, 2017

Cotidianidades (V)

Yo tuve una infancia de pantalones rotos.

Supongo fue una infancia buena, porque los pantalones rotos y las rodillas raspadas han sido siempre innegables testigos de aquellas aventuras que bien merecen un cuarto de hora o dos entre remiendos. Fue también una infancia de pantalones de botas descoloridas, pues mi madre me compraba unos jeanes largos y las botas las doblaba y guardaba hacia adentro. Cada cuatro o cinco meses descosía el dobladillo y aquel pantalón quedaba ahora con una franja de color debajo.
Así iba yo al colegio, con las rodillas de mi pantalón cosidas y las botas en franjas de distintos tonos de azul. De claro a oscuro, según el momento del año. Aquellos pantalones fueron durante mucho tiempo los mismos que usaba en casa. Porque había niños que tenían 5, 6 o incluso 10 pantalones y cuando salían de estudiar se los cambiaban y se ponían otros. Pero mi casa no era de esas y los pantalones debían durar más tiempo, y soportar aquella doble vida de estudiante y niño que vivimos todos, o por lo menos la mayoría. No me quejo de mi infancia. Siempre tuve pantalones.

Hoy, con 39 años, me he sentado en una mesa a poner un parche en los pantalones de mi hijo. El también tiene trofeos y raspones en las rodillas. El también es un niño de pantalones rotos y de parches. Con la aguja en la mano, a venido a mi memoria la infancia y los recuerdos de aventuras. Entre recuerdos estuve a punto de sonreírme...

El problema es que cuando estaba a punto de recordar aquella atracción magnética irrefrenable que el piso ejercía en mis rodillas se me ha aparecido el rostro de la coordinadora académica de mi colegio.

La recuerdo de aquel día que me hizo parar frente a todos porque no llevaba bien el uniforme, porque a pesar de mi camisa por dentro y mi correa apretada, mi pantalón tenía un parche en la rodilla que mi madre me había puesto.

- "Parche en la rodilla y botas desteñidas", dijo frente a todos.

Recuerdo la cara de mi madre cuando esa tarde le conté que me habían sacado del salón por mi pantalón. Yo, alumno de buenas notas que desde niño amaba estudiar. Yo de jeans azules rotos.

Recuerdo que le dije que la coordinadora había mandado a decir que "si es que acaso no tenía plata para comprarme unos blujeans carrel del éxito". La verdad es que no, no había, pero mi madre siempre se las arregló para que yo tuviera pantalones y lonchera. Imagino mi madre haya pedido prestado el dinero porque también recuerdo al día siguiente llegar a clase con pantalones nuevos y una promesa recién hecha: aquellos pantalones me iban a durar todo el año sin rotos en las rodillas.

Y así, mientras pongo un parche en el pantalón de mi niño, recuerdo a esa coordinadora.
Puede que usted no se acuerde de mí, señora coordinadora, pero yo si me acuerdo que usted, por un parche en mi rodilla, mató de golpe la infancia que yo todavía tenía.

miércoles, octubre 04, 2017

Microcuento (iii) - Displicencia

Se miraron con honesta displicencia y entonces el hombre en el espejo bajó la mirada. No soportaba ver aquello en lo que el dueño de su imagen se había convertido.

sábado, septiembre 30, 2017

El Faro



Adentro Me abandona la última luz del día La oscuridad lo envuelve todo. Ya no hay dioses que marquen el camino. Nunca los ha habido. Se ha dado mi alma por vencida Juguete de un cruel destino De azares y de olvidos De golpes y desprecios. No queda nada más que el espíritu caído En el abandono dulce de la derrota. Aquí estoy Barco de papel en la tormenta de un mar enrarecido Capricho de la marea Naufragio de antiguos navíos Ruinas de un mar por la cólera poseído. Al cielo levanto los ojos Y allí lo veo Faro que da luz a la tempestad de mi morada: Hacia vos remo.

viernes, septiembre 29, 2017

Microcuento (ii) - La bruja

En el pueblo, Graciela tenía fama de ser una bruja que adivinaba el futuro. Nadie conocía su secreto: en los días invocaba fantasmas, en las noches evocaba los recuerdos de amores que no fueron.

martes, septiembre 12, 2017

Cotidianidades (IV)

Anécdota cotidiana:

Salgo de clase y viajo en el metro. Somos mil pero la mayoría viaja sólo. Al llegar a la estación camino rumbo a unas escaleras. Entonces la escucho. Una madre que le dice a su niña:

+ No te preocupes, para ir a Urano tendríamos que ser astronautas, y ninguno de los que va en este metro es astronauta.

Yo me sonrío. Pienso. Espero. Es un impulso. No la conozco. No sé de qué hablaban. Una idea que crece hasta que las palabras salen solas de mi boca. Decido controlarme pero ya es muy tarde.

- Todos somos astronautas en realidad, digo.

+ ¿Tu eres astronauta? porque nosotros no somos, dice la madre

- Si, también lo son. Estamos en el mejor viaje espacial del mundo. La nave en la que viajamos es el planeta entero. Recorremos el espacio a miles de kilómetros por hora. Nosotros somos los astronautas, esta nuestra nave y ese es nuestro viaje.

Ella me mira y se sonríe.

+ Si, visto así, somos astronautas también.

Yo sigo bajando las escaleras. Ella también. Llegamos al primer piso. Los tres sonreímos. Yo sigo mi camino. Ellas el suyo.

Astronautas todos.