sábado, febrero 10, 2018

Cotidianidades (XI)

Salgo de trabajar y camino, distraído. Busco en la pantalla de mi celular aquellos mensajes que llegaron en el último par de horas.
Aquella pantalla evidencia silencios que no siempre quisiera escuchar. Pasan unos segundos y al fin levanto los ojos y descubro una mujer que camina unos metros delante de mi. No veo su rostro, pero puedo imaginarlo. En su figura amplia abundan carnes que dan forma a su cuerpo de fruta, de pera dulce, de Venus de piedra de otros tiempos.

Basta un segundo y entonces lo noto. Aquellas nalgas, redondas y excesivas bailan al compás de sus pasos, arriba abajo, arriba abajo, arriba abajo una vez más. Cada paso de sus piernas es una invitación que ellas aceptan, seguras y contentas. Arriba abajo, arriba abajo, arriba abajo una vez más.

Camino un par de cuadras embriagado de aquel movimiento. No quiero adelantarla y mucho menos ver su rostro. Aquellas nalgas se sonríen, estoy seguro. Llegamos al metro y su cuerpo, ese de fruta dulce, se pierde en la multitud.

Desde lejos me sonrío.

Con suerte quizá sepa el descaro de belleza que regala en su pasear.

martes, enero 23, 2018

Cotidianidades (X)

La primera vez que fui a un hotel tendría 10 o tal vez 12 años. Los hoteles no estaban en el presupuesto familiar, ajeno a las vacaciones y a los viajes, así que aquello era una experiencia que no dejaba de ser importante. Recuerdo a mi madre, un par de días antes, dándome en una bolsa plástica un jabón de coco para que lavara mis boxer en el lavamanos cada día.
"Los cuelga en la puerta de la ducha, mijo, para que se le sequen en el día"

Recuerdo montar en un avión que a pesar de ir en el cielo se movía como el renault 4 que mi padre manejaba años atrás y que no recuerdo pero tengo la certeza que más de una vez rodó por carretera destapada. Recuerdo, también, mi primer desayuno en buffet. Aún hoy veo el rostro de aquel mesero que me preguntaba dónde más ponerme cosas pues en el plato no cabía más comida. Los huevos tenían tocineta ¡T.o.c.i.n.e.t.a!

Pero lo que más recuerdo es mi primer baño en aquel hotel. En mi casa nunca hubo bañera, pero allí, en ese hotel, enorme y blanca se encontraba una bañera justo debajo de la ducha. Recuerdo entrar, con mi atadito de ropa y ponerlo sobre el sanitario. Luego meterme bajo aquella ducha, con cuidado de no caerme, y abrir la llave.

Y luego recuerdo que de la ducha no cayó nada. Nada de nada. Ni una gota de agua. 

Pero en cambio, abajo, a la altura de mis rodillas, un chorro constante. Yo movía la llave hacia un lado y el agua se enfriaba. Hacia el otro, el agua era caliente. Pero, de arriba, de la regadera, ni una gota caía. Cerrar la llave, volver a intentar. Seguir esperando. Pensar si acaso para bañarse debía uno siempre llenar aquella bañera y si eso no sería demasiada agua. Recuerdo al fin, descubrir que no había más opción que bañarse debajo de aquel chorro de agua que caía desde la altura de las rodillas. ¿Y como meter allí el cuerpo?

Por partes, por supuesto. Los pies era lo fácil. Las manos no eran difíciles tampoco. Y la cabeza, ya puesto en cuatro patas resultaba posible. Y luego venía lo difícil...

No recuerdo como terminó mi baño, ni cómo descubrí aquella pequeña válvula que hacía que el agua cayera desde el cielo. Pero recuerdo bien aquella bañera blanca y mi primer baño en un hotel...

sábado, enero 20, 2018

Cuento para (tal vez) dormir

En una vieja casa vivía un niño que creía que debajo de su cama habitaba un monstruo. Y tanto miedo tenía que en las noches no lograba dormir. Hasta que una noche se armó de valor, tomó una linterna y saltó al piso dispuesto a alumbrar al monstruo.

Lo que el niño no sabía era que...

En una vieja casa vivía un monstruo que creía que encima de su cama habitaba un niño. Y tanto miedo tenía que en las noches no lograba dormir. Hasta que una noche se armó de valor, tomó una linterna y saltó encima de la cama dispuesto a alumbrar al niño.

Desde ese día, monstruo y niño, duermen tranquilos sabiendo que no hay que tener miedo, porque no hay nada del otro lado de la cama.

miércoles, enero 10, 2018

Cotidianidades (IX)

Llueve.

Las calles se llenan de carros que escapan en medio de la lluvia tratando de llegar a casa. Las avenidas, que uno creería vacías de peatones, inclementes mojan a quienes no encontraron un techo seguro, a quienes no encontraron refugio y quieren llegar a casa.
En los buses los vidrios se empañan. Somos decenas los que en medio de la lluvia también viajamos. Vuelvo a mi pueblo, a una hora de la ciudad.  Hago el dibujo de un rostro con mi dedo que quita el vapor de la ventana. Detrás de los ojos que dibujo pongo los míos que miran a la calle. Personas, carros, charcos y lluvia. Motociclistas envueltos en una suerte de bolsa plástica que suelen llamar impermeable. Más lluvia. 

En mitad del camino el bus hace una parada. Quito mis ojos de aquellos otros y veo a una mujer que cruza la puerta. Gracias, dice, muchas gracias señor. El bus arranca de nuevo. La lluvia recorre su cuerpo entero de igual forma que recorre su voz. Todo su cuerpo está empapado. También su voz, insisto.  Camina por el pasillo, en medio de pasos inciertos por el movimiento del vehículo. Busca una silla dónde sentarse. Un charco queda debajo de donde antes estuvo puesto su pie. 

Se sienta a mi lado, y me pide perdón por estar mojada. También me ha pasado, le digo.

El bus se detiene de nuevo. Otra persona entra, de pies a cabeza mojada. Gracias, dice, y el conductor sonríe y sigue su marcha.

Es un héroe anónimo, pienso yo, con la certeza de que el gracias que dicen quienes suben en medio de la lluvia traduce exactamente mi sensación de heroísmo. 

La mujer a mi lado mira y se sonríe. Dice que si con la cabeza. Sospecho sabe lo que yo pensaba, o tal vez hablaba en voz alta sin darme cuenta.

Con mi dedo, escribo héroe en la ventana, 

Tal vez, al llegar a su destino, aquel hombre vea allí un homenaje merecido.

viernes, diciembre 15, 2017

Cotidianidades (VIII)

Si tienes un hijo pequeño, algún día llegará a casa rascándose la cabeza. Suele pasar. 
En los colegios se matriculan tanto niños como piojos y todo padre cuyos hijos llevan un par de grados saben bien que algún producto anti piojos es parte de los útiles no listados pero indispensables. 

Ese día oscuro, el fatídico día D (De los piojos, claro), sentirás la psicósis de una cabeza que pica. Es contagiosa la psicosis: Todas las cabezas de la familia, con sólo escuchar aquella palabra, comenzarán a sentir esa innegable comezón.

-"Yo como soy de dulce", dirán algunos.
-"Eso hay que raparlo", dirán otros.
-"Eso lo mejor es el jabón de tierra y dejarlo al sol" dirá siempre alguna abuela vieja.

Y tu, como padre moderno, sabrás que ha llegado el día de poner peinillas a la obras y meterse a la raíz del pelo y del problema.

Lo primero son los implementos típicos:

1. Remedio comprado en la farmacia para matar los piojos
2. Una peinilla pequeñita, tanto como para que entre sus dientes queden oleada tras oleada de aquellos pequeños chupasangre y sus huevos acompañantes
3. Una toalla limpia
4. Un vaso con agua en el que pondrás la peinilla tratando de ahogar a los desgraciados

Te decidirás y comprarás algún remedio. No importa mucho cual. Todos los remedios de aplicar dicen lo mismo: lave el pelo, agregue el producto, espere 10 minutos, enjuague el cabello, use una toalla limpia para secarlo y ahora use el peine para sacar, uno por uno, piojos y liendres.

Seguramente el farmaceuta te recomendará también "unas goticas naturales que son benditas para eso".

Entonces harás el proceso: Lavar, agregar, esperar, enjuagar, peinar.

Y entonces, justo cuando llegues a los 10 minutos de espera te darás cuenta de que hay una instrucción faltante:



Ningún remedio dice que además de aquellos productos necesitarás un libro de cuentos y quizás también uno de respuestas.


Porque nadie te ha contado que durante esos 10 minutos podrás sentarte con tu hijo a leer un libro. Tal vez su cuento favorito, o tal vez alguno nuevo. Ninguno remedio menciona que después, cuando tomes el peine y comiences a peinar cabello a cabello, escucharás como tu pequeño te cuenta aquella historia (tal vez incluso la lea para ti).

Y lo que no sabes, porque ningún remedio lo tiene en sus instrucciones, es que durante aquella hora de peinado aquel pequeño querrá ver los piojos, te preguntará si son como las pulgas o son animales diferentes (quizás te pregunte la diferencia), preguntará además cómo puede poner tantos huevos un animal tan pequeñito y tu te preguntarás lo mismo. Te preguntará si son liendres o liendras, y entonces pensarás que debiste haber buscado en internet antes de sentarte.

Y ese día, si tienes suerte, tal vez termines con un montón de piojos en un vaso y escuches, además, que aquel pequeño te dice que lo que le gusta es saber que si algún día le vuelven a dar piojos entonces él y tú se sentarán de nuevo a leer, juntos, mientras tu acaricias su cabello.

domingo, noviembre 26, 2017

Pedro Ruiz

En Samaguan, un pueblo fantástico olvidado de Dios y del diablo en la costa colombiana, la gente se muere de vieja y de contenta.
Lo primero es culpa de la muerte, que aunque tarde nunca olvida y siempre llega.
Lo segundo es culpa de Pedro, un pintor que por las noches se imagina el pueblo que después pinta.
En sus cuadros están pintados todos, aunque a simple vista no sea fácil distinguir a ninguno. Desde Doña Carmenza, esa matrona grande y vieja que con sus caderas tapaba el sol que caía sobre sus hijos hasta Gregorio Marañón, judío de ascendencia francesa que manejaba la tienda del pueblo aunque en secreto soñaba con poner una venta de flores.

No pasaba un día sin que la felicidad de los cuadros de Pedro hicieran sonrisas y estragos, porque don Pedro sabía que toda sonrisa tiene dentro algún desastre oculto.

"Don Pedro, dice mi mamá que si por favor le manda el cuadro de las margaritas amarillas, que Carola amaneció con dolor de espalda y no se ha podido levantar"
"Don Pedro, pregunta Jacobo Tapias que si le puede prestar el cuadro de la barca con pescados, ese que da buena suerte antes de salir al mar"
"Don Pedro, que doña Azucena y su marido despertaron otra vez con ausencias. Que si será que usted los puede pintar cuando eran jóvenes a ver si se enamoran“
Y don Pedro pintaba con la ansiedad del que busca lo perdido, laberintos en el alma.

La fama de don Pedro había recorrido ya toda la costa, a tal punto que con el tiempo comenzaron a llegar pedidos de la otra punta del país.


"Don Pedro, que si sería usted tan amable de pintar un cuadro con un faro y un mar en calma. Es que hay unos hombres que se perdieron en el agua desde hace una semana y sus mujeres los llaman llorando"
"Don Pedro, que si por favor le pinta a don Evaristo una casa grande porque la Juana está embarazada otra vez y van a necesitar otra pieza"

Y aunque no era mago, genio de lámpara o dios de antaño, don Pedro pintaba y los hombres volvían, las casas crecían, las mujeres se sentían jóvenes y los desplazados encontraban hogar, tierra y refugio con sólo ver sus cuadros.

Un día Don Pedro pintó un cuadro grande, con una piragua, un bosque y una mujer que desde lejos lo llamaba. Pintó un remo pero no pintó barquero.

Cuando a medio día sonó la puerta de la casa y un niño niño quiso decirle la razón del día, no encontró más que la casa vacía, y en la sala un caballete con el cuadro.

Es una historia vieja, que ya no cuentan mucho. Para ser honestos ya nadie habla de eso, pero aún hoy y sin que nadie medie palabra todos se turnan para poner en esa casa comida y flores, para limpiar un poco y tender la cama con sábanas limpias. Todos saben que cuando don Pedro vuelva de su viaje seguro llegará con la mujer del cuadro.

Del niño de la historia, ya mayor de edad, se sabe que todos los días visita la casa, y desde la orilla por la que vio comenzar el viaje de aquella piragua dice sin que nadie oiga: 
"Don Pedro, ¿Cuando vuelva me puede enseñar a mi a pintar?"

domingo, noviembre 12, 2017

Storyteller

Entro a una reunión. Es la quinta o sexta del día, ya he perdido la cuenta. Alguien se levanta, saluda y pone orden. Me presenta: el es Daniel Naranjo, el storyteller que ha venido a acompañarnos, el experto -dice- en aquello del storytelling. Yo sonrío, un poco incómodo, sabiendo que hablan de mi pero sin reconocerme en lo que dicen. 

Es mi turno. Dudo. Me confieso. Yo no soy storyteller. Cuando empecé en mi oficio no existían esas palabras (tan complejas, tan extrañas, tan robadas) para nombrar lo que yo hago. Soy un contador de historias, un narrador. Soy el cuento que escuchan los niños en la cama, justo, antes de dormir. Una parte de imaginación habitada por historias fantásticas que al nombrar se vuelven realidad. ¿Storytelling, me dice? No creo saber de aquello. Tan solo gusto de jugar con las palabras, con las dulces, con las cortas, con las exactas. Con las que suenan como un murmullo, con las que gritan y reclaman, con las viejas que ya nadie usa pero que siguen pegadas en mi memoria como una caricia que suplica por no caer en el olvido, con las precisas, esas que se ocultan entre los pliegues de una idea, con las propias, con las prestadas, con las ajenas que aún espero conocer. Me deleito con palabras inventadas que no requieren explicación. Soledansia, tristesencia. Me gustan las palabras que significan, las que nombran, las que describen, las que vienen acompañadas por un buen silencio. 
¿Storyteller? No lo sé. Bien pensado tal vez mi oficio sea el de la costura, el de tejer palabras unas con otras para crear abrigo, lucir virtudes o esconder defectos. O tal vez sea jardinero y lo que haga sea sembrar palabras en los otros que, si se tratan con cuidado, algún día se convertirán en historias nuevas. O tal vez soy inventor. O malabarista. Qué se yo...

La sala se queda en silencio. El ángel que porta las palabras se pasea entre las sillas. Unos y otros se miran. Se cruzan sonrisas, primero tímidas y luego francas. En los ojos, por fin, aparece la esperanzas. Entonces, sólo entonces, estamos listos para empezar:

Había una vez, hace mucho tiempo...